23 de octubre de 2026
Significado del Avemaría: origen y sentido de cada frase
Por Marc Millet
El Avemaría tiene dos partes. La primera está hecha con palabras del Evangelio: el saludo del ángel Gabriel (Lc 1, 28) y el de santa Isabel (Lc 1, 42). La segunda es una súplica que la Iglesia fue formando en la Edad Media y que quedó fijada en 1568. Termina pidiendo a María que ruegue por nosotros «en la hora de nuestra muerte».
El Avemaría completo
Antes de ir frase a frase, aquí tienes el texto que rezamos en España:
Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Es la oración que más se repite en el Rosario: cincuenta veces cada vez que rezamos cinco misterios. San Juan Pablo II escribió que es el elemento más extenso del Rosario y el que lo convierte en una oración mariana por excelencia, aunque su centro es Jesús (Rosarium Virginis Mariae, n. 33).
El Catecismo dedica a esta oración dos números, el 2676 y el 2677. Puedes leerlos en vatican.va. Los seguimos aquí.
Primera parte: palabras del Evangelio
«Dios te salve, María»
Son las primeras palabras del ángel Gabriel en la Anunciación. La Biblia de la Conferencia Episcopal Española las traduce así: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1, 28).
El «Dios te salve» de nuestra oración es la forma antigua de traducir el saludo latino Ave. El Catecismo pone las dos versiones juntas: «Dios te salve, María (Alégrate, María)». Y añade algo precioso: es Dios mismo quien, por medio de su ángel, saluda a María (n. 2676). Cuando rezamos el Avemaría, repetimos el saludo de Dios.
«Llena eres de gracia, el Señor es contigo»
Según el Catecismo, estas dos expresiones «se aclaran mutuamente»: María es la llena de gracia porque el Señor está con ella. La gracia que la llena es la presencia de Aquel que es la fuente de toda gracia (n. 2676).
«El Señor es contigo» es una forma antigua de decir «el Señor está contigo». La conservamos porque así la aprendieron nuestros abuelos.
«Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre»
Ahora habla santa Isabel, la prima de María, cuando la recibe en su casa. Lucas cuenta que, llena del Espíritu Santo, exclamó: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!» (Lc 1, 42).
El Catecismo explica que Isabel es la primera de la larga serie de generaciones que llaman bienaventurada a María. Y que María es bendita porque creyó en la palabra del Señor (n. 2676).
«Jesús»
El nombre de Jesús no está en el texto del Evangelio: se añadió más tarde. Se suele atribuir al papa Urbano IV, en el siglo XIII, pero los historiadores no lo dan por seguro.
Es el corazón de la oración. Juan Pablo II lo llama el «engarce» entre la primera y la segunda parte, y pide que no se pierda en el rezo apresurado (Rosarium Virginis Mariae, n. 33).
Segunda parte: la súplica de la Iglesia
¿Cuándo se añadió la segunda parte del Avemaría?
Como saludo a la Virgen, la primera parte se extendió en la devoción privada a partir de los siglos XI y XII. La súplica final llegó después, poco a poco. Durante los siglos XIV y XV aparecen distintas fórmulas que terminan pidiendo por los pecadores y por la hora de la muerte.
Según la Catholic Encyclopedia (1910), un libro de Savonarola impreso en 1495 ya trae un Avemaría casi idéntico al nuestro. La forma completa recibió el reconocimiento oficial en el Breviario Romano de 1568, publicado bajo san Pío V. El Catecismo del Concilio de Trento, por su parte, dice que esta súplica la compuso la propia Iglesia.
«Santa María, Madre de Dios»
Es el título más grande de la Virgen. El Concilio de Éfeso, en el año 431, proclamó que María es verdaderamente Madre de Dios, porque su Hijo es el Hijo eterno del Padre hecho hombre (Catecismo, nn. 466 y 495).
El Catecismo dice que, con Isabel, nos maravillamos de que la madre de nuestro Señor venga a nosotros. Y como nos da a Jesús, es Madre de Dios y madre nuestra: le podemos confiar todas nuestras preocupaciones y peticiones (n. 2677).
«Ruega por nosotros, pecadores»
Aquí cambia el tono: del elogio pasamos a la petición. Al pedir a María que ruegue por nosotros, dice el Catecismo, «nos reconocemos pecadores» y nos dirigimos a la «Madre de la Misericordia» (n. 2677).
No le pedimos que ocupe el lugar de Dios. Le pedimos lo que hace una madre: que interceda por sus hijos.
«Ahora y en la hora de nuestra muerte»
Son los dos únicos momentos que nombra la oración. El Catecismo los explica así: nos ponemos en manos de María «ahora», en el hoy de nuestras vidas, y le entregamos desde ahora «la hora de nuestra muerte». Le pedimos que esté presente en esa hora como estuvo junto a la cruz de su Hijo, y que nos acoja como madre para llevarnos a Jesús, al Paraíso (n. 2677).
«En la hora de nuestra muerte»: un puente hacia los difuntos
El Catecismo vuelve a esta frase cuando habla de la muerte. Dice que la Iglesia nos anima a prepararnos para nuestra última hora y a pedir a la Madre de Dios que interceda por nosotros «en la hora de nuestra muerte» (n. 1014, en vatican.va).
Cada vez que rezas un Avemaría, pides por tu propia muerte. Y es fácil ensanchar esa petición: pensar en quienes ya pasaron por esa hora y quizá esperan todavía, en el purgatorio, la purificación final.
Por eso tiene tanto sentido rezar el Rosario por los difuntos. No hace falta cambiar la oración. Basta ofrecerla por ellos al empezar y añadir tras cada decena el «Dales, Señor, el descanso eterno». Lo explicamos en rezar el Rosario por las almas del purgatorio y, para un velatorio, en el rosario de difuntos.
Rezarlo despacio
San Juan Pablo II, cuya memoria celebramos ayer, pedía rezar el Avemaría sin prisas, cuidando el nombre de Jesús. Lo contamos en Juan Pablo II y el Rosario. Un truco sencillo: cuando digas «ahora y en la hora de nuestra muerte», piensa en un difunto concreto y pon su nombre en tu corazón. Si te cuesta seguir las decenas, repasa cómo rezar el Rosario paso a paso.
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ContinuarPreguntas frecuentes
¿De dónde sale el Avemaría?
La primera parte, del Evangelio de san Lucas: el saludo del ángel Gabriel (Lc 1, 28) y el de santa Isabel (Lc 1, 42). La segunda, «Santa María, Madre de Dios…», la fue formando la Iglesia en la Edad Media.
¿Cuándo se fijó la segunda parte del Avemaría?
Se formó poco a poco en los siglos XIV y XV. Su forma completa quedó reconocida oficialmente en el Breviario Romano de 1568, publicado bajo san Pío V.
¿Qué significa «Dios te salve»?
Es la traducción tradicional del saludo latino Ave. Hoy la Biblia traduce el saludo del ángel por «Alégrate». El Catecismo recoge las dos formas.
¿Por qué se pide por «la hora de nuestra muerte»?
Porque es el momento decisivo de la vida. Pedimos a María que esté a nuestro lado entonces, como estuvo junto a la cruz de su Hijo, y que nos lleve a Jesús (Catecismo, n. 2677).
¿Qué dice el Catecismo sobre el Avemaría?
Lo explica en los números 2676 y 2677: el primero comenta el saludo del ángel y el de Isabel; el segundo, la súplica a la Madre de Dios.